La Universidad exige autonomía y organización, pero ofrece espaciospara que la adaptación sea sencilla
- Resulta clave vincularse con los compañeros y acudir a los docentes
- También, reconocer que los temores son compartidos
- Los padres deben acompañar sin presionar
De la prueba al parcial, de la carpeta número 3 a los cuadernos de espiral, del recreo en el patio al café en el bar no sólo median las vacaciones. Para la mayoría de los chicos que terminan el secundario e ingresan en la Universidad, hay un abismo.
El primer año de la carrera universitaria exige un esfuerzo doble: aprobar las materias previstas en el plan de estudios y, además, convertirse en un
estudiante universitario . Los números dejan en evidencia las dificultades que esto implica: se calcula que, en promedio, el 50% de los ingresantes en las universidades argentinas abandona la carrera antes de completar su primer año en el aula.
Según cifras oficiales, cada año unos 350.000 jóvenes comienzan sus estudios universitarios en el país, un número que, en 2000, representó el 76,7% de los que egresaron del nivel medio.
Los recién llegados a las facultades cargan con varios pesos: una formación secundaria que no les ha dejado hábitos de estudio, la necesidad de trabajar mientras cursan su carrera, en muchos casos, y una variedad de mitos que causan temor. Por ejemplo, que "en la universidad uno es un número", que los profesores son eminencias que no tolerarán preguntas ni equivocaciones, que no podrán estudiar "tantas páginas" y que, por los próximos años, se acabó todo lo que no sea estudiar.
Sobrevivir es posible, sin embargo. La clave, dicen los que saben, es reconocer que entrar en la Universidad exige, antes que nada, un cambio de actitud: desde ahora, la responsabilidad individual será el motor, sin que esta autonomía signifique aislamiento. Por el contrario, adquirir un ritmo propio de estudio demanda buscar apoyo en los compañeros -tan asustados como uno mismo-, en los profesores y en las propias universidades.
Mal de muchos "El principal problema de los chicos que empiezan la universidad es de actitud más que de conocimientos. No tienen una idea clara de lo que se espera de ellos. No saben que a partir de este momento tienen que ser más activos en la construcción de su conocimiento, estar dispuestos a poner mucho de sí mismos, hacer su camino y manejar sus tiempos", dijo a LA NACION Eduardo Laplagne, secretario académico del Ciclo Básico Común (CBC) de la UBA, donde dentro de una semana comenzarán las clases 71.021 jóvenes.
El primer paso para enfrentar los miedos es pensar que la sensación no es original, sino masivamente compartida. "Lo primero es reconocer que tener miedo a encontrarse con algo nuevo y con docentes que se imaginan distantes es universal. Todos lo tuvimos, y muchos lo pasamos", afirmó
María José Fittipaldi, coordinadora del Centro de Orientación Universitaria de la Universidad del Salvador (USAL).
Existe un arma eficaz para enfrentar los temores: la certeza vocacional. "Cuando uno tiene claro lo que quiere hacer, el proyecto propio, se pueden superar más fácilmente los miedos", dijo Fittipaldi. Se puede entender que las materias no son obligaciones para ir tachando en la carrera hasta el título, sino partes de la formación profesional necesaria.
Lograr hábitos de estudio es la clave siguiente. "Los chicos tienen que pensar que el estudio es un trabajo: ver con qué posibilidades horarias cuentan y organizarse el día y la semana, con todas las otras actividades que realizan, incluidas las recreativas", sugirió María Delia Traverso, coordinadora pedagógica de los cursos de inserción universitaria de la Universidad de Morón. "El estudio universitario es una actividad autónoma: ya nadie los obliga a hacerlo", dijo.
Trabajo propio A diferencia del secundario, donde el tiempo en el aula a menudo era suficiente para aprobar, la Universidad exige trabajo personal. "Es imposible no tener actividad fuera del aula. Hay que acompañar la cursada con trabajo propio, y eso les cuesta a muchos al principio", dijo Laplagne. Para el docente, "a medida que avanzan en la carrera, cada vez más serán evaluados sobre conocimientos que tienen que haber adquirido fuera de la clase".
"Lo ideal es plantearse metas cortas, y la primera es la próxima clase. Les recomiendo no ir a una clase sin haber leído el material de la anterior, ir siguiendo la cursada, estar al tanto de los materiales bibliográficos que se piden, reunirse con los compañeros para trabajar y no esperar al examen para sentarse a estudiar", enumeró Traverso.
Memorizar, que solía dar frutos en el secundario, en la facultad queda descartado. "Muchos chicos saben que hasta ahora estudiaron poco y llegan con la idea de que no van a poder con todo lo que se les va a exigir, que no van a tener tiempo y que se terminó cualquier tiempo de diversión", relató Cristina Lesquiuta, coordinadora del Servicio de Orientación Vocacional de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), donde trabajan con chicos de los últimos años del secundario y también con quienes abandonaron una carrera y necesitan reorientarse.
La otra fantasía extendida es la del anonimato, sobre todo en instituciones masivas. "En la escuela los conocen por el nombre, muchos han estado en la misma institución desde el jardín de infantes, y ahora pasan a un mundo con códigos diferentes. A muchos les cuesta incluso entrar en el edificio", dijo Lesquiuta.
Para sobrevivir, lo mejor es asociarse con otros. Por ejemplo, con los docentes, que los nuevos universitarios suelen colocar en un pedestal de sabiduría, en el lugar opuesto en que ubicaban a sus desvalorizados profesores del secundario.
"Hay que pensar que los profesores están al servicio de los estudiantes, para formarlos profesional y personalmente. No hay que tenerles miedo, sino acudir a ellos", dijo Fittipaldi. Los chicos reconocen esta actitud cuando la ven. Según contó Traverso, muchos alumnos destacan a los profesores que "explican bien y se acercan a ellos sin perder su autoridad académica".
Existe, además, toda una vida universitaria para integrar y para eso hay que mirar las carteleras, estar al tanto de actividades culturales y deportivas y de los servicios disponibles en la Universidad como orientación vocacional, pasantías laborales y posibilidades de intercambio en el exterior.
El esfuerzo de atravesar primer año y desmitificar muchas de sus supuestas dificultades vale la pena, y no sólo porque conduce, después de algunos años, al título. Fundamentalmente, porque la Universidad es una buena etapa de la vida, el tiempo de dar forma a un proyecto personal, el momento donde, como dijo Fittipaldi, "uno ya está en el camino de su propio sueño".
Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION El papel de los padres Acompañarlos de cerca, pero soltarles la mano a tiempo: ésa es la actitud más recomendable para los padres durante el primer año de la facultad de sus hijos.
La ayuda más valiosa, en realidad, se da antes, en el momento de la elección de la carrera. "Los padres tienen que estar atentos a que sus hijos elijan según su vocación, incentivar sus aptitudes, recordarles lo que les gustaba cuando eran chicos y no presionarlos para que no se equivoquen", dijo Fittipaldi.
Ya en el aula, la misma autonomía que se gana marca distancias. Sin embargo, queda espacio para que los padres ayuden a los chicos a que se pongan pautas de estudio y dejen abierto un espacio para hablar de sus miedos.